Testimonio de una imparable ola de vandalismo, muestra informal de arte callejero, expresión de rebeldía y “autoafirmación” entre tribus urbanas o una mezcla de todas estas variantes, la proliferación de grafitis en nuestra ciudad alcanzó este año niveles inéditos. Pesadilla para los comerciantes -el noventa por ciento de las persianas del centro está “intervenido”- y no pocos frentistas, nadie atina a poner freno a un fenómeno que con su estética nacida entre el hip-hop y el skate ya desplazó a las pintadas tradicionales relacionadas con el rock, la política y el fútbol.
Los “tags” o firmas y la intrincada estética de los diseños contemporáneos pueden no revelar nada ante los ojos no entrenados, pero suelen ser distintivos de un autor en particular -otros buscan su estilo partiendo de la imitación-; en cualquiera de los casos, cada vez son más los vecinos que se topan con las fachadas de sus casas llenas de garabatos dorados, plateados o blancos.
En este sentido, el Código de Convivencia platense que impulsa la Comuna en reemplazo del código de contravenciones actualmente vigente endurece las penas para quienes “realicen grafitis, pintadas o manchas sobre el espacio público, así como en el interior o el exterior de equipamientos e infraestructuras de un servicio público e instalaciones en general, equipamientos, mobiliario urbano o árboles”.
Los responsables de estos actos serán sancionados con multas de hasta 1.500 módulos municipales -unos 270 mil pesos- y quince días de arresto.
Sin embargo, las estrategias punitivas no se han mostrado eficaces, en nuestro medio ni en el resto del mundo. Principalmente, por la dificultad en identificar a los contraventores, que si no son sorprendidos “infraganti”, huyen sin ser identificados. “El que arruina una pared lo hace como acto de rebeldía, de manera que si lo persiguen y escapa ganará prestigio dentro del grupo y luego subirá la apuesta” explicó oportunamente la docente y artista platense Cristina Terzaghi, referente en materia de muralismo y arte público en el plano federal e internacional.
“Cuando se habla de grafitis es preciso diferenciar al artístico de los ’tags’ o marcas que sólo ensucian” advirtió Terzaghi: “éstas persiguen un objetivo que está lejos del arte, y actualmente en La Plata han copado todo”.
Mantener la limpieza de los frentes podría no sólo aportar a una determinada preferencia estética. Un trabajo publicado en la prestigiosa revista internacional Science, elaborado por científicos holandeses, concluyó que las personas se sienten mucho más inclinadas a desobedecer señales, tirar basura e incluso robar cuando se hallan en un entorno sucio o en el que predominan los grafitis. La “sensación de abandono” de un barrio o propiedad, es la clave.
Además de las multas, siempre vigentes y nunca efectivas, en la ultima década se esbozaron otras estrategias para enfrentar, desde diferentes ángulos, el problema de las pintadas. Una de ellas fue el enjalbegado de monumentos con productos especiales “antigraffiti”. Otra, el lanzamiento de programas y operativos de remoción, lavado y limpieza de este tipo de intervenciones indeseadas, con posterior aplicación de una película protectora para evitar ulteriores ataques.
Estas sustancias, que permiten preservar algunas superficies tienen su talón de Aquiles, y son precisamente las metálicas -como las persianas de comercios- y las texturadas. Allí gana el vandalismo, dado que en muchos casos, las tintas y pinturas utilizadas tienen un componente corrosivo, por lo que penetran en los materiales sobre los que se imprimen y hacen más difícil su remoción.
Otro intento por legislar en la órbita preventiva fue la presentación ante el Concejo Deliberante de un proyecto de ordenanza para prohibir la venta de cualquier tipo de pintura en aerosol a menores de 18 años, en todos los comercios habilitados de la Ciudad. La norma, que quedó en el limbo, preveía que los negocios que vendieran estos pulverizadores destacaran con cartelería, “de forma visible y clara”, la veda.
estrategias alternativas
En algunas ciudades europeas, como Madrid y Bonn, la búsqueda de soluciones llevó a organizar, con apoyo oficial, alleres de grafitis para encauzar los impulsos de los “taggers”; en ese tren, se decoraron cortinas metálicas, escaparates y puertas.
De este modo, se explicó, se disuadió a muchos de intentar una acción vandálica: “una ilustración elaborada, en la pared de un edificio, inhibe a muchos grafiteros de rayarlo”. Es una táctica habitual en edificios públicos como escuelas que algunos comerciantes locales, todavía en franca minoría, han comenzado a implementar.
Los expertos marcan diferencias entre el impacto que tienen los taggers en el microcentro y en los barrios más periféricos. Aseveran que por ser una expresión urbana en esencia, los grafiteros prefieren las zonas más densamente pobladas y activas de cualquier metrópoli.
Hoy por hoy, restaurar una fachada de regular tamaño, damnificada por la presencia de inscripciones o dibujos, puede costar entre 30 y 40 mil pesos. Las marcas líderes en la industria de las pinturas desarrollaron productos específicos, con precios variados. Una lata de pintura de veinte litros, de calidad promedio, puede rondar los cinco mil pesos; pero una “premium” por apenas cuatro litros no se consigue por menos de $2.300. Otra opción es pintar la superficie que se desea proteger con productos convencionales y luego aplicarles una capa de blindaje.
Entre las ventajas de estos fluidos se cuentan que es posible utilizarlos sobre concreto, ladrillo y superficies previamente pintadas con esmaltes sintéticos, y que crean una película antiadherente que permite borrar los grafitis con hidrolavadora, sin químicos adicionales ni la abrasión y el desgaste que provocan los lijados.
ARTE EN LA CALLE
Como subcultura urbana, en nuesta ciudad el grafiti tiene un costado menos controvertido, que ha ganado espacios con expresiones de gran escala y confección compleja, promovidas por comerciantes y algunos frentistas.
Con exponentes que ya tienen proyección internacional y aquí son cada vez más requeridos por particulares y comerciantes -los casos de Falopapas y Luxor-, el incipiente movimiento arrancó hacia inicios de esta década con una decena de artistas y ya suma medio centenar de nombres.
Uno de los primeros hitos de esta modalidad fue el mural colectivo cuya ejecución Luxor coordinó en 2012, en la esquina de 60 y 132. El paredón de una casona hornense destinada a la recreación infantil se convirtió en lienzo para un homenaje al universo de María Elena Walsh, a partir de la intervención de Valentino Tettamanti, ConsKamikaze, Rubín, Lanzamidad, Elefante, Ma Pe, Inka, Cuore, Ice, Acra, Sato, Kajum, Man, y Luxor.
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